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 El diario de Oriol Puig en Nueva York 
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SEMANA 1:
¿HBO On Demand o una clase con yogurines?

Llegué a Nueva York el día 1 de Junio, alrededor de las 12 del mediodía. Cruzar el control del aeropuerto resultó más sencillo de lo que esperaba. Lo cierto es que, tras un mes entero de insoportables trámites burocráticos con la escuela y la embajada americana, tenía el convencimiento de que en el aeropuerto se produciría algún tipo de vejación definitiva, un gesto final que remataría la pesadilla que supone conseguir, hoy en día, un visado de estudiante para los EEUU. Créanme, venía tan desgastado por el papeleo que, si el agente me hubiese obsequiado con una patada de bienvenida en los huevos, no hubiese dicho ni mu. Afortunadamente, el aduanero se limitó a mirar mis papeles con cierto desdén y emitir un chasquido que me daba acceso a los EEUU. Inmediatamente, una mezcla de alivio y juvenil entusiasmo se apoderó de mí y avancé hacia la salida del aeropuerto con la satisfacción que uno siente cuando acaba de conseguir “algo”.

Una hora más tarde llegué a mi apartamento en Manhattan. En cuanto al apartamento... juzguen ustedes mismos.




















Antes de que me tilden de ocioso y vilipendiador dejen que les exponga mi punto de vista. Verán, cuando se gana el Notodofilmfest.com, uno debe asumir ciertas responsabilidades. Una de ellas consiste en interiorizar que, cuando le mandan a estudiar en Nueva York, además de comprometerse a intentar mejorar su cine, está cumpliendo también un función diplomática. Digamos que ganar el “notodo”, le convierte a uno en algo así como la Rosa de España del cortometraje. Y claro, entonces deben hacerse ciertos esfuerzos, hospedarse en cualquier cuchitril no es una opción cuando se representa a una NACIÓN. Sé que ustedes no querrían eso. 

Bromitas aparte, el alquiler me sale por 1400$. Aunque es un dineral, me considero afortunado. El piso es fantástico y cae al lado de la escuela, lo que me ahorra viajes en metro. Por casi el mismo precio, estuve dispuesto a aceptar verdaderas ratoneras en las que ni tan solo me aceptaron. Echen un vistazo a los alquileres de Manhattan que aparecen en Craig List y verán de qué estoy hablando.

Comparto el loft con Sylvia, su propietaria. Sylvia trabaja como estilista en publicidad y me cae muy bien. Es simpática, inteligente y me echa un cable en todo lo que puede. Por si les queda alguna duda de su calidad humana, me limitaré tan sólo a un hecho significativo: a Sylvia se le desencajan los ojos cuando habla de Los Soprano y las series de HBO. Es más, está abonada a HBO On Demand, lo que implica que puedo disfrutar de cualquier serie o película del canal en el momento que me apetezca. Como comprenderán, es difícil no sentir cierta simpatía hacia alguien que te ofrece buffet libre en el mejor menú televisivo que puede encontrarse hoy en día. En estas condiciones, mi adaptación al nuevo hogar ha sido muy dulce.

Como llegué el fin de semana anterior al inicio del curso aproveché para visitar fugazmente algunos barrios de la ciudad: Greenwich Village, East Village, Soho, Chinatown, Little Italy... En resumen, puedo afirmar que la ciudad me encanta. Me limitaré a darles algún apunte aleatorio o esto va a hacerse eterno. Quizás uno de los barrios donde más tiempo pasé  fue el  East Village, con edificios algo más bajos y repleto de bares, tiendas de música, cómics y cine. Tiene aspecto  de ser uno de los barrios donde encontrar material “alternativo”, si es que esa etiqueta significa algo hoy en día. En definitiva, el entorno ideal para empezar a familiarizarse con la nueva moneda. Acabé comprando una bonita edición del último disco de Arcade Fire y Crumb, el maravilloso (y perturbador) documental de Terry Zwigoff.






















El workshop empezó el lunes siguiente. Mi curso está formada por 18 alumnos. En la primera clase, el profesor preguntó por nuestra experiencia y, por lo visto, soy el único alumno que ha realizado un cortometraje en su vida. En realidad, eso tiene una explicación bastante sencilla. Al parecer, el workshop de 4 semanas está destinado principalmente a personas que no han tenido ningún contacto con el cine y desean aprender unas bases mínimas de modo intensivo. Básicamente representa un primer contacto para evaluar si el cine te gusta y quieres dedicarte a ello. He de reconocer que esta información me creó un sudor frío en la espina dorsal ya que esperaba que el curso fuera algo más avanzado. En cualquier caso, intenté tomármelo con filosofía y esperar a ver cómo se desarrollaban las cosas. Al fin y al cabo, Nueva York me estaba sentando de maravilla.

Mentiría si dijese que los primeros días fueron bien. La verdad es que acabé baldado. El problema no fueron las clases en sí. En general, el nivel de los profesores de la escuela es bueno y, aunque los contenidos son muy elementales (tercios, eje, conceptos básicos de guión...), al menos lo referente al manejo de cámaras de 16mm era nuevo para mí. El principal motivo de mi agotamiento vino con los ejercicios en grupo. Como los alumnos aún no se conocían, el profesor formó grupos aleatorios y me tocó compartir varias sesiones creativas con los que supongo deben ser los ejemplares más aborrecibles de la promoción. 






















Los brainstormings fueron un sin Dios. Al principio intenté mostrarme participativo pero enseguida quedó patente que mi inglés no ayudaba a que mis intervenciones fueron tomadas en consideración. Si a eso le añadimos que me llevaba diez años de diferencia con el resto del  grupo y apenas compartíamos afinidad alguna, el resultado sólo podía ser un desastre. En un momento de la sesión, me atreví a cuestionar la idea de un chico del grupo. Ofendido, el tipo me tildó de sabelotodo. Como me parecía muy deprimente verme discutiendo para poder contarle mis ideas a la señorita, opté por echarme a un lado. Resulta curioso comprobar como, en estos casos, siempre acaban imponiéndose las decisiones del alumno más memo y vocinglero del grupo. Les ahorro la descripción de lo que salió de allí.

Sea como sea, la sensación que me quedó es que quizás resultaba más productivo dedicarme a visitar la ciudad que someterme a esas extenuantes sesiones de trabajo en equipo. Por suerte, al llegar a casa me esperaba un fantástico episodio de Los Soprano que volvió subirme los ánimos. Concretamente el de A.J. en la piscina... si lo han visto, sabrán de qué hablo. Como siempre, es imposible hacerlo mejor.

Al día siguiente, volví algo renovado a la escuela. Se hizo el sorteo definitivo de grupos de trabajo para el resto del curso. Esta vez tuve mejor suerte y, por lo menos, me tocaron dos personas en el grupo con las que me llevo muy bien. Ya les contaré la semana que viene.
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