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Si hay algo que me vuelve loco de Nueva York es que aquí, por decirlo de algún modo, “pasan cosas”. Y además, pasan muchas. Esta semana he decido ahorrarles mis minucias en la NYFA para tratar asuntos de mayor calado: mis encuentros con CELEBRIDADES. Sí, amigos, esta semana he compaginado mi posición de carnicero de los 16mm con el entrañable papel de groupie enloquecida.
Antes de entrar en detalles, deberían saber que si hay algo en esta vida de lo que, como consumidor cultural, me jacte con verdadera y ciega estupidez es de creer poseer el que yo considero como “el mejor gusto del mundo”. Así, sin más. Si la obra de una autor me fascina es simplemente porque es terriblemente buena. No hay otra explicación posible. Ya puede venir el autor en persona y decirme que piensa que su obra es basura, que la escribió en cinco minutos o que me gusta por los motivos equivocados. Me da igual, está claro que SE EQUIVOCA.
En realidad, quizás lo único comparable en intensidad a mi fanatismo ciego hacia ciertas obras y autores es mi engorrosa tendencia a la apatía y la vida vegetativa. Por supuesto, son dos actitudes que entran en conflicto a menudo y que me convierten en una especie de “fanático pasivo”. Perfectamente, puedo jurar a gritos desde un sofá que la obra de alguien es lo mejor que ha parido un humano y no ser capaz de dar dos pasos para ver esa obra en directo, si me cae a más de cinco paradas de metro.
Pues bien, les hablo de esto porque Nueva York es la solución perfecta para ese tipo de dualidad. Hay tanta vida cultural que inevitablemente uno acaba topándose con ella de un modo pasivo, sin tener que trazar fastidiosos planes de búsqueda. De repente, entras a comprar cualquier cosa en un Barnes&Noble y ves a Günter Grass sentado ante una mesa, firmando ejemplares como un pobre diablo, ante una audiencia que no llegaría ni a un tercio de la de Antonio Gala en El Corte Inglés. Cosas así, suceden constantemente.
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