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 El diario de Oriol Puig en Nueva York 
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SEMANA 3:
En plan groupie enloquecida

Si hay algo que me vuelve loco de Nueva York es que aquí, por decirlo de algún modo, “pasan cosas”. Y además, pasan muchas. Esta semana he decido ahorrarles mis minucias en la NYFA para tratar asuntos de mayor calado: mis encuentros con CELEBRIDADES. Sí, amigos, esta semana he compaginado mi posición de carnicero de los 16mm con el entrañable papel de groupie enloquecida.

Antes de entrar en detalles, deberían saber que si hay algo en esta vida de lo que, como consumidor cultural, me jacte con verdadera y ciega estupidez es de creer poseer el que yo considero como “el mejor gusto del mundo”. Así, sin más. Si la obra de una autor me fascina es simplemente porque es terriblemente buena. No hay otra explicación posible. Ya puede venir el autor en persona y decirme que piensa que su obra es basura, que la escribió en cinco minutos o que me gusta por los motivos equivocados. Me da igual, está claro que SE EQUIVOCA.

En realidad, quizás lo único comparable en intensidad a mi fanatismo ciego hacia ciertas obras y autores es mi engorrosa tendencia a la apatía y la vida vegetativa. Por supuesto, son dos actitudes que entran en conflicto a menudo y que me convierten en una especie de “fanático pasivo”. Perfectamente, puedo jurar a gritos desde un sofá que la obra de alguien es lo mejor que ha parido un humano y no ser capaz de dar dos pasos para ver esa obra en directo, si me cae a más de cinco paradas de metro.

Pues bien, les hablo de esto porque Nueva York es la solución perfecta para ese tipo de dualidad. Hay tanta vida cultural que inevitablemente uno acaba topándose con ella de un modo pasivo, sin tener que trazar fastidiosos planes de búsqueda. De repente, entras a comprar cualquier cosa en un Barnes&Noble y ves a Günter Grass sentado ante una mesa, firmando ejemplares como un pobre diablo, ante una audiencia que no llegaría ni a un tercio de la de Antonio Gala en El Corte Inglés. Cosas así, suceden constantemente.




















Pero vayamos al grano. El motivo de que mi corazón pegara grititos durante esta semana no fue toparme con Günter Grass sino poder charlar un rato, sin haberlo planeado, con uno de los autores de cómic que más respeto y admiro actualmente: el grandioso e inigualable JOE MATT. Y como puntilla, también conocí a Jeffrey Brown, otro dibujante cuya obra me encanta.

Por si no saben nada de cómics, les diré que Joe Matt y Jeffrey Brown pertenecen a esa generación de autores cuya obra se nutre principalmente de material autobiográfico, centrándose en la descripción de sus vivencias cotidianas.  Aunque ambos autores tienen estilos y enfoques diametralmente opuestos, en mi opinión comparten lo que yo definiría como “una honestidad llevada al límite” en la descripción de sí mismos.

A Jeffrey Brown lo encontré firmando ejemplares de su nuevo trabajo en Giant Robot, una agradable tienda de cómics, juguetes y camisetas. Como su obra Inverosímil (Unlikely) me había encantado, aproveché para entrar, comprar algún cómic y conocer al autor. Por si no le han leído, su obra se caracteriza por viñetas de trazo naif en las que captura pequeños momentos íntimos de pareja, con una inocencia y ternura conmovedoras que a mí me arrancan pequeños y empalagosos suspiros. Brown muestra siempre sus escenas desnudas, con una narrativa muy limpia y directa a la emoción, sin subterfugios o distanciamiento irónico alguno. Es curioso porque es uno de los pocos autores en los que considero que la ausencia de humor e ironía juega a favor de su obra. Sin embargo, hay que reconocer que, en persona, esa falta de vis cómica convertía a Jeffrey en un tipo bastante anodino y al pobre apenas se le acercó nadie.




















Me firmó unos cómics y charlamos un poco pero, como me daba la sensación de que se sentía incómodo con mis preguntas de fan, le felicité por su trabajo y me retiré a tiempo. Sin duda, hay personas que no han nacido para darse baños de masas. Ni falta que debería hacer, en realidad.

Sea como sea, les recomiendo fervorosamente su Inverosímil, aunque ya les aviso que si lo naif y cierto grado de ingenuidad se les atragantan, este autor no es el suyo. Luego no se me quejen.

En cuanto a Joe Matt, qué les voy a decir. A mí me vuelve loco. Su obra Pobre Cabrón (The poor bastard) está en mi top-ten de comics favoritos de todos los tiempos. En ella, Matt se describe a sí mismo como un tipo neurótico y egoísta, obsesionado con las mujeres y la pornografía pero incapaz de mantener una relación de pareja en la que no despliegue un largo surtido de mezquindades y caprichosos “tics” masculinos. Su personaje es patético y miserable pero resulta tan franco y autoparódico que acaba despertando mucha ternura y, al mismo tiempo, una preocupante sensación de identificación. Todo ello además contado con muchísimo talento, con una narrativa ágil y divertidísima. No se puede pedir más. Cómprenlo y tengan una vida rica y plena.




















Con Joe Matt tuve la suerte de coincidir en la feria del cómic que se celebró en el MOCCA (Museum of Comic and Cartoon Art) durante el fin de semana, y dónde el autor presentaba su nuevo trabajo Spent. Como Matt llevaba muchísimo tiempo sin publicar, cruzarme con él y su nuevo álbum en un mismo día, me hizo doble ilusión. Tan pronto como llegué, compré religiosamente cuatro ejemplares de Spent (algunos para regalar) y me dirigí a la mesa donde el gran hombre firmaba los ejemplares. En todo momento, Matt se mostró como un tipo accesible y chispeante, respondiendo con amabilidad al largo interrogatorio al que le sometí mientras dibujaba divertidas dedicatorias en mis ejemplares. Cuando acabó, me agradeció el interés por su obra, nos despedimos y regresé a casa pegando saltitos como una colegiala, con mis comics firmados bajo el brazo y mi ansiedad mitómana plenamente cubierta. Qué quieren que les diga... a mí estas tonterías me hacen feliz.

Hasta la semana que viene.

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