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 El diario de Oriol Puig en Nueva York 
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SEMANA 4:
Romanticismo atómico en Central Park

A principios de semana rodé el último ejercicio de la NYFA: un pequeño “videoclip” utilizando la canción que quisieras. Como había visto la dinámica de los rodajes anteriores, intenté no complicarme la vida y reducir el rodaje a la mínima expresión: pocas localizaciones, pocos planos, pocos actores, interpretaciones sencillas y una historia muy simple que fuera comprensible sin necesidad de diálogo. Dadas las circunstancias, lo más sensato era apuntar muy bajo y simplemente intentar ir en busca de un mínimo de dignidad. Cualquier otra ambición me parecía un hostión asegurado.

En mi opinión, el resultado final quedó justo en el límite. Aunque resulta imposible que me pueda sentir orgulloso, tampoco me siento abochornado del todo. Sin duda, el ejercicio tiene claras deficiencias. Si a una historia ya de por sí dudosa, le sumamos un gran número de planos terriblemente subexpuestos y desenfocados, problemas de edición y textos difíciles de leer que dificultan la comprensión de la pieza, está claro que no estamos ante una golosina audiovisual. Aún así, lo cierto es que esperaba un resultado aún peor. Supongo que es lo bonito de ser pesimista. Las sorpresas siempre son para bien.




















En un gesto de autoinmolación les dejo un link a la OBRA. No se corten, pónganme las nalgas bien rojas.

Durante la cuarta semana coincidí con Ángel Pazos y su novia Patricia. Ángel había venido a cursar un workshop de una semana por haber ganado en la sección de 30 segundos del Notodofilmfest.com con El Origen de la Familia. Creo que, en esta edición, es uno de los pocos premios cuyo merecimiento nadie cuestiona.

Nuestro primer encuentro en la escuela fue en los lavabos de la NYFA, de un modo casual. No me pregunten por qué pero en esos lavabos teníamos un aspecto de lo más sospechoso. Más que estudiantes de cine parecíamos un par de chaperos españoles buscando fortuna en Nueva York. A pesar del inmenso gozo que suponía mantener una charla bajo los efluvios de ácido úrico de una futura generación de cineastas, decidimos cambiar de emplazamiento y continuar nuestra conversación en un bar, esta vez incluyendo a Patricia. La verdad es que agradecí que mi vida social incrementara un poco durante esos días. Además, los dos son muy majos. Lo pasamos muy bien.

Como era la última semana, aproveché mis ratos libres para visitar todo aquello que había ido dejando aparcado y para comprar tonterías para la familia y los amigos. Entre otras cosas, tuve tiempo para visitar el MOMA y el Guggenheim (ambos fantásticos) y para tener pequeños momentos de corte intimista en Central Park. Resultó aterrador el increíble efecto de sugestión




















que fue capaz de producirme ese parque en mi última visita. Verán, por lo que ha llegado a mis oídos, a menudo con cierta inquina, jamás he sido considerado un estandarte del romanticismo. En realidad, yo siempre había considerado que era dueño de un romanticismo sutil, injustamente ninguneado por mis partenaires, pero con el tiempo he empezado a considerar que quizás había algo de base en sus quejas, sobre todo por la sincera repulsión que me producen ciertas demostraciones de afecto en determinadas situaciones.

Pues bien, dejen que les informe que si me sientan en una colinita de Central Park y me enchufan la canción adecuada a todo trapo en el mp3, me asalta un ROMANTICISMO ATÓMICO, de tal envergadura que sería capaz de hacer arder toda la arboleda del parque en una combustión espontánea. En cuestión de minutos, siento la urgencia de perseguir a esas corredoras de Central Park para que me lleven con ellas, aunque sea a cuatro patas y con una correa en el cuello. De repente, todo ese césped me parece haber sido concebido sólo para besuquear mujeres y me solivianta que el parque no contemple la posibilidad de ofrecer un servicio de parejas de alquiler para visitantes ocasionales. Ya saben, para pasear cogidos de la mano, como una pareja decente.
 
Por suerte, antes de emprender alguna acción que acometiese algún estropicio serio en mi autoestima, decidí aplacar mis impulsos comprándome un helado de pistacho y huir del parque escuchando a Cat Stevens, mientras reflexionaba sobre si esa serie de pensamientos, que en ese momento me resultaban tan entrañables, debían andar muy alejados de los que cruzan por la cabeza de un violador común.




















A media semana, Ángel y Patricia me sacaron a bailar en el Meatpacking district. Acabamos entrando en una discoteca repleta de asiático-americanos donde un par de raperas ofrecieron un show muy guasón con canciones de ALTO VOLTAJE SEXUAL. Al parecer, el tono deslenguado de las artistas debió propagarse por la discoteca ya que, minutos más tarde, una camarera obsequió a Ángel con un sonoro “¡Bloody Bastard!” por no recompensar el lamentable trato que nos había dispensado con una generosa propina. De todos modos, no nos dejamos intimidar y decidimos seguir visitando a esa iracunda señorita, hasta que todos acabamos ejecutando exquisitos movimientos en la pista de baile, en completa armonía con la rotación del globo terráqueo y la posición de las estrellas.

El día anterior a marcharme, fui a cenar con Sylvia a modo de despedida. Como siempre, fue muy agradable charlar con ella y que me enseñara algunos rincones con encanto de la ciudad. Qué puedo decir, es una persona magnífica. Y ya está.

En cuanto a la escuela, me despedí de ella de un modo bastante más deslucido. Como acostumbra a pasar cuando organizo algo, me había equivocado al comprar el billete de vuelta y coincidía con el último día de clase, concretamente con la proyección de los últimos trabajos del curso. Al final pude asistir al pase de 4 o 5 de ellos, entre los que figuraba el mío. Mi “videoclip” fue recibido por la clase con más desconcierto que entusiasmo, aunque al profesor le arrancó alguna sonrisa. Como se escapaba mi vuelo, tuve que desaparecer en la oscuridad, a mitad de una proyección, como una sombra fugaz en la que nadie repara. Susurré un tímido adiós que algunas personas devolvieron y salí de allí a toda pastilla. Adiós NYFA.

En el aeropuerto tuve tiempo para perder la tarjeta de embarque, recuperarla en el quiosco donde había comprado unas revistas y pensar en todas las cosas que me habían quedado por hacer en la ciudad. Una de ellas, la que más rabia me daba, era haber incumplido la promesa que hice con mis amigos y ex-compañeros de trabajo de Minsk (www.minsk.es). Consistía simplemente en tomarme una foto en Nueva York vistiendo la camiseta de “Ex-designer” que me habían regalado tras dejar el estudio, para colgarla en este diario. A favor mío, debo decir que se equivocaron de modelo y acabaron regalándome una camiseta de mujer, con lo que resultaba un engorro andar travestido por las calles de la ciudad. En cualquier caso, aprovecho para decirles que, ahora que ese par de pilluelos han conseguido deshacerse de mí, han pasado a ser el estudio de diseño gráfico definitivo. Aprovéchense de ello.

En cuanto a mí, qué les voy a contar. Tras ganar el Notodofilmfest.com, decidí hacerme el valiente y abandonar mi antiguo trabajo para intentar hacer lo que me gusta, aunque me diese con un canto en los dientes. De todos modos, debo reconocerles que mientras regresaba en el avión hacia Barcelona, embargado por la nostalgia de abandonar Nueva York y con cierto acojone por dirigirme de cabeza al desempleo, no podía dejar de decirme: “Bueno... ¿Y AHORA QUÉ? ¿EH? ¿AHORA QUÉ?”.

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Colaboradores:
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